Hace años miraba jugar desde "la puente" las truchas en el río Viejas. Ya no hay truchas escondiéndose entre las piedras del río. Hace años por los caminos sanículas y eléboros salían al paso.
Hace años la vida era otra cosa.
Ahora todo acaba en -cidas: herbicidas, plaguicidas, insecticidas, fungicidas... todos forman parte del día a día en cada castañar, en cada cerezal, en cada pequeño trozo de tierra cultivable. Esta es una tierra fértil pero difícil y la producción acaba vendiéndose a precios irrisorios. Cuando lo vives de cerca entiendes el por qué. Por qué molesta cada brizna de hierba y cada animal salvaje sea grande o pequeño. Sobre todo ahora que grandes señoritos se dedican a criar descontroladamente venados y ciervos para su divertimento, mientras destrozan impunemente los árboles de los agricultores. Y al final, el campo se convierte en una lucha, donde lo salvaje es el gran enemigo y con tendencia a desaparecer.
Ya no es melancolía por aquella diversidad de vida que recuerdo, es tristeza, una tristeza muda y profunda.